Avanzaba el otoño y los membrillos amarilleaban sobre las ramas de hojas pardas. Las calabazas salpicaban de naranja el suelo y en algún rincón húmedo y sombrío asomaba una seta. Los pimientos, en su máximo apogeo, competían en verdor con las lechugas tardías y los sempiternos calabacines. Las coles, orgullosas, ocupaban la mayor parte de los surcos apartando sin reservas a los tímidos tomates que, días atrás, vestían la huerta de lunares colorados.
Uno de ellos, sin embargo, se resistía a marchitarse y mantenía su lozanía, ajeno a la nueva estación. Cada vez que el sol lograba imponerse a las nubes y lanzar algunos rayos sobre la tierra, el tomate rebelde ahuecaba las hojas que lo cubrían para procurarse alimento solar y lograr su deseado rubor.
Al principio, los otros vegetales no le dieron importancia pensando que con los primeros fríos caería de la rama y se pudriría, aún verde, para así contribuir a la mejor fertilización de la tierra fresca pero viendo que pasaban los días y seguía firme en la mata comenzaron a mirarle de un modo extraño.
Las setas, tan acostumbradas a la clandestinidad, no habían visto nunca semejante ser capaz de alimentarse casi exclusivamente de sol y no estaban dispuestas a comenzar a estas alturas una relación que no creían conveniente.
Las calabazas, ya obligadas a compartir al menos un mes con los vecinos colorados, se habían hartado de que por mucho lustre que las sacaran, siempre perdían en cualquier comparación de fulgor. Los pimientos, parientes al fin y al cabo, le toleraban y a los calabacines les daba lo mismo, con lucir su flor de vez en cuando tenían suficiente.
Fueron los repollos quienes iniciaron el revuelo. Algunos argumentaban que les quitaba espacio y otros que siempre les gustó presumir, aunque los más observadores no tardaron en darse cuenta que lo que realmente les fastidiaba es que aquel tomate fuese diferente.
Él no entendía nada. Creía no importunar a nadie con su persistencia y vivía feliz en su rama sin mirar el calendario; fuerte mientras sintiera algo de luz, recogido para aprovechar al máximo cada grado y así intentar llegar al invierno o, por qué no, hasta la primavera siguiente.
Las berzas buscaron cómplices en cada surco, incluso fuera de la huerta, pidiendo a los árboles de hoja perenne que proyectasen sombra sobre aquel tomate atrevido. Con tanto ahínco arengaron a las verduras que formaron un frente común para desplazar al fruto tardío: las plantas invasivas alargaron sus brazos hasta los pies del rebelde, los cedros se interpusieron a los rayos de sol, las lechugas convencieron a los caracoles de que la hoja de la tomatera resultaba más sabrosa y así, una por una, todas las especies de aquella parcela se convirtieron en uno solo con el único fin de apartar al raro.
Nos hubiese gustado contar que el solitario resistió los ataques de la masa, que aguantó en su rama sin pudrirse hasta los primeros calores del año siguiente pero los deseos no siempre se ajustan a la realidad. Las prepotentes coles lograron su objetivo: el individuo discordante fue recluido hasta desaparecer fundido con el mantillo y aquella huerta siguió funcionando según el orden preestablecido.
jueves, octubre 29, 2009
lunes, julio 27, 2009
No, si a mí lo que de verdad me gusta es el campo; vivir en una casita, no muy grande pero con un terrenito para poder cultivar flores y una pequeña huerta que me dé tomates en verano, mis lechugas y alguna judía verde. Bueno y ya puestos, un par de gallinitas que pongan algunos huevos para el consumo diario o, como mucho, alguno de sobra para poder trocar con las frutas que produzcan los vecinos. Ya sabes, tranquilidad, aire puro, junto al mar, eso sí, levantarme temprano pero sin prisa, desayunar mirando el horizonte, leer un poco, pasear, algo de ejercicio, charlar con la gente…
Tampoco necesitaría mucho dinero, podría vivir de cualquier cosilla que me diera lo justo para ir tirando porque no gastaría en exceso: comodidades pero nada de lujos y sin renunciar a la cultura o los avances de la tecnología.
Pero claro ¿Cómo digo yo ahora en el trabajo que me voy? Justo ahora que, por fin, he conseguido el cargo. Después de los cinco años de facultad, los tres del master, el año posterior de training y el que vino después en la filial alemana para adaptar nuestro mercado a las tendencias actuales. No, por el BMW de empresa no es, podría conformarme con un pequeño utilitario para acercarme a la capital de vez en cuando o incluso moverme en bicicleta… sí, lo que de verdad me gustaría es moverme en bicicleta, una de esas con cestita en el manillar como las que se ven en Holanda.
Pero es que tengo muchos compromisos. Claro, los niños por ejemplo, a ver cómo los saco ahora del colegio bilingüe que les lleva directamente a la universidad y les meto en una escuela rural. ¡Cómo les voy a hacer eso! No, no, para nada soy clasista, en realidad me encantaría que pudieran compartir pupitre con los hijos del cartero…
Y luego está mi mujer. ¿Cómo le digo yo a mi mujer que nos vamos al campo? ¿Tú crees que ella iba a renunciar a sus mañanas de compras por el centro, a sus tardes de gimnasio o a los restaurantes de moda para meterse en un prado con vacas? No, ella no se acostumbraría y, claro, después de tantos años nos tenemos cariño, no nos vamos a divorciar por esa tontería de mis gustos. Y es que no me atrevo ni a planteárselo, ya me imagino su respuesta airada.
Ya ves, si me hubiese decidido por Merceditas, la rubia aquella de las trenzas que no dejaba de sonreírme en el instituto. A Merceditas sí que le gustaba el campo, que se iba todos los viernes al pueblo de sus padres a montar en bicicleta y pasear en burro por el monte. Pero es que Adela… no sé, como que tenía más estilo, más presencia. No es porque sus padres me invitasen todos los domingos al club a jugar al tenis, eso no tuvo nada que ver pero, vamos, que ponías a Adela y a Merceditas juntas y no había color.
¡Ay! ¡Merceditas y sus trenzas! ¿Qué será de ella? Creo que estudió agrónomos o filosofía… no estoy seguro, una carrera de esas sin mucho porvenir. Alguien me dijo que renunció a un puestazo fijo en una multinacional porque no estaba de acuerdo con su política medioambiental. Ya ves… ¡bobadas! Como si yo, con lo reivindicativo que siempre fui, estuviera de acuerdo con la actual política de despidos de mi empresa pero ¿Qué vas a hacer si se reducen los beneficios? ¡Qué una empresa no es una oenegé…!
Merceditas… si es que ya se la veía venir. Seguro que se fue de la ciudad y vive por ahí, en el pueblo de sus padres… ¡plantando lechugas!
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viernes, mayo 29, 2009
No llegué a ver el título del libro ni el color de sus ojos sin embargo me atraparon unos hombros hambrientos aún de sol y su despreocupación de cuanto no fuesen las letras en que se bañaba su mirada. También yo necesitaba un café y, aunque no llevase libro en que esconder la atención, me senté en la mesa contigua.
Rápido y profesional, el camarero no tardó en servir la bebida ni en iniciar una conversación a la que sólo pude contestar con una sonrisa. Incómoda por el incesante monólogo que interrumpía su lectura, ella desvió por unos instantes la vista de las letras para pasearla desde el uniforme servicial hasta mi mesa. Me sentí obligado a pagarle la molestia con otra sonrisa y la inicial cortesía se tornó en placer al descubrir el color de su iris. Educada, me devolvió la sonrisa y volvió a zambullirse en las páginas que la abstraían.
Aproveché para saborear el café y contemplar el pulso de la calle. El camarero, derrochando simpatía, volvió a inquirirme por lo que no me quedó más remedio que contestarle torpemente: “excusez moi mais je ne parlais pas français”. Con una sonora carcajada regresó a su tarea sin parar en ningún momento de hablar. La chica que, sospecho, hace tiempo había perdido el hilo argumental de la novela, cerró el libro de golpe y con una amplia sonrisa me dijo con un delicioso acento francés: “pues no lo haces tan mal”.
- Es lo único que sé decir... bueno, eso y pedir en los bares, aunque siempre me toca repetirlo.
Abandonó el libro sobre la mesa, acercó su silla a la mía sin llegar a levantarse y continuó la conversación:
- ¿Es tu primera vez en Francia?
- No, una vez recorrí el sur en coche y me cautivó a pesar de no comprender algunas cosas.
- ¿Cómo qué?
- Principalmente los horarios. A partir de las doce en punto del mediodía resultaba imposible encontrar cualquier establecimiento abierto y comer más tarde de la una, muy difícil. Por no hablar de las noches. A partir de las ocho los pueblos parecían fantasmas.
- Aquí en la ciudad no es así.
- Es cierto y también me ha sorprendido después de conocer aquello.
- Y si no hablas francés ¿cómo te entendías?
- Ya digo que sé pedir en los bares. Al fin y al cabo, conseguir comida y cama no resulta tan difícil aunque…
- Aunque…
- Algún incidente siempre surge. Un pequeño pueblo, el único restaurante en kilómetros a la redonda, una pequeña y coqueta casa atendida por la dueña que, además, era la cocinera; no había carta escrita, me ofreció todo el menú de palabra. Después de hacerle recitar tres veces seguidas el surtido, me avergonzó pedirle una cuarta repetición y encargué lo único que había entendido. Entre lo mucho que dijo entendí “foie” y “canard”. Después de haber probado los deliciosos patés de las Landas me dije, esta es la mía y al poco rato apareció con un plato rebosante de higaditos de pato que me comí más por vergüenza que por gusto.
Rió con ganas mi aventura y aprovechó el gesto para acercar más la silla con un movimiento cómplice.
- ¿Y no te gustaría aprender el idioma?
- Claro pero… bueno, nunca encuentro el momento.
- Algo te puedo enseñar.
Sin darme tiempo de replicar, llamó al camarero con un gesto cómplice, pagó la cuenta y se levantó de la silla diciendo, “Ven, vamos a dar un paseo”. Y abandonamos la terraza del café despidiéndonos del camarero que sonreía mientras nos decía adiós.
Como si fuésemos viejos amigos, se colgó de mi brazo y acercó la cabeza a mi hombro mientras no paraba de contarme anécdotas que yo oía como la exquisita banda sonora de la película en la que se estaba convirtiendo mi visita a aquella bella ciudad. Caminamos durante horas hablando, sobre todo, de las similitudes y diferencias del idioma. Me pedía, por ejemplo, que le explicase las diferencias entre “tapear” y “tapar” y yo aprovechaba para explicarle las variadas acepciones del verbo “cubrir” o que no es lo mismo la “caja” que la “caza”.
Ya de noche y con los pies reventados parecía el momento oportuno de despedirse cuando me ofreció:
- Vivo cerca, ¿Quieres subir a mi casa?
- La verdad es que no me importaría porque después de un día así estoy hecho polvo.
No entendí porque le ofendió mi respuesta pero menos aún la suya pues, muy seria, me dijo: “Pero sin ambigüedad”. En ese momento, mi sorpresa e indecisión se multiplicaron. “Ambigüedad”. Sé perfectamente lo que significa ese término en castellano pero… en francés… ¿significará lo mismo? Y… ¿de ser así? ¿Qué quiere decir una francesa guapa y simpática cuando, después de un día entero caminando juntos y compartiendo historias, me invita a subir a su casa “sin dudas”? Y, más aún ¿Por qué se enfada cuando le digo que estoy cansado…?
“Ambiguo, dicho de una persona: Que, con sus palabras o comportamiento, vela o no define claramente sus actitudes u opiniones”. Y, justo, cuando menos dudas me quedaban de lo que estaba sucediendo, me aclara que no debe haber dudas de su invitación. Me arrepentí de haber aceptado y traté de explicarle que si le molestaba mi visita no me importaría regresar a mi hotel.
“No, puedes subir y seguimos charlando, pero sin ambigüedad, olvídate por completo del polvo que quieres echar”-me contestó entre avergonzada y rotunda. Cuando me di cuenta de la confusión comencé a reír sin poder parar para explicárselo mientras ella me miraba sin comprender nada al tiempo que aumentaba su enfado.
Por la retorcida escalera de madera bruñida por el peso de los pasos subimos hasta un pequeño ático destartalado mientras seguimos hablando de las confusiones lingüísticas.
Nos despertó el sol al amanecer entrando por la ventana del dormitorio sin cortinas ni persianas. En el suelo, un equipo de música emitía melodías de tangos, Coltrane, o Brassans mientras desayunamos desnudos en la terraza croissant au beurre recién traídos de la boulangerie del barrio. Como parisinos personajes de Cortázar, hicimos una vez más el amor sobre el colchón tirado en el salón y salimos de nuevo a pasear. Aquella noche cenamos fromage et vin rouge junto al Sena, esta vez sí, sin ambigüedad.
Ahora conservo buenos recuerdos y… mucho más vocabulario de francés.
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domingo, marzo 29, 2009
Al caer la tarde subí al Castillo de San Jorge. Entre el murmullo de los turistas una voz cantaba como una letanía lejana. O como los pájaros, banda sonora del parque que nadie se detiene a escuchar. Busqué el origen y encontré una figura que recordaba a un gorrión, consumida por los años o los lamentos; divisaba el Tejo desde la cima de Alfama a través de grandes gafas de cristales difusos y protegía de la brisa su cabello plateado con un pañuelo anudado al cuello, seco cual tierra en barbecho. Los sarmientos de sus dedos enredándose en el cielo o enraizándose en su pecho atraparon también mi atención y me detuve a escuchar. La voz dejó de sonar lejana; atravesando las telas que me cuidaban del frío se clavó en mi corazón dejándolo herido. Me apropié de su clamor y lloré con sus penas que quizá también fueran las mías. Unos gramos de cobre intentaron pagar una deuda sin precio y de su boca salieron besos como flores de buganvilla, de sus brazos caricias como rayos de sol invernal. No podía dejar de escucharla así que marché con la cabeza vuelta a su canto para comprobar como esa voz se elevaba hasta confundirse con las nubes.
lunes, julio 07, 2008
Entre los múltiples objetos repetidos que recibimos los días previos a la boda se encontraba aquel juego de cacerolas que, en aquella época sólo resultaba horrible. No tardó en quedar anticuado.
Los catálogos buzoneados, los anuncios televisados, las vallas publicitarias anunciaban relucientes baterías de cocina capaces de maravillas culinarias increíbles mientras nosotros restregábamos las judías pegadas de aquellos peroles bicolor que no nos decidíamos a jubilar más por las penurias económicas de la época que por cariño al objeto.
El tiempo pasó y, al igual que los días felices de antaño, los pucheros se fueron llenando de desconchones, que afeaban aún más las ollas, y ojales por los que se escapaba lo mejor del caldo como se le pierde la pasión al amor consumido.
A algunos cazos se les quemó el mango durante un descuido o por un exceso de llamarada, otros perdieron las asas suicidándose contra el terrazo; del resto resultó imposible despegar la leche agarrada al fondo. Por un motivo u otro fueron terminando en la basura casi al tiempo que la relación que los trajo a esta casa.
Años después, rebuscando entre cajones jamás ordenados aparecieron de golpe todas las tapas de aquellas cacerolas. Tapas apenas usadas que se fueron acumulando en un rincón de la alacena pensando que algún día servirían para algo y que se olvidaron como los buenos momentos.Por fin hice limpieza. Me decidí a organizar el armario y tiré a la basura las vasijas gastadas y sus respectivas tapas casi sin estrenar para dejar sitio a aquellas relucientes que siempre había deseado. Todas menos una que aún conservaba el aroma de aquella pasta hervida con tanto cariño.
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sábado, mayo 31, 2008
No das pie con bola, me dijo el redactor jefe cuando leyó aquel pie de foto. Me ofendí, claro ¿Acaso pretendía que citase sus palabras al pie de la letra? Sí, lo podría haber escrito como él quería de haberme creído sus palabras a pie juntillas aunque también estoy seguro que no me hubiese recriminado de tal manera si yo no hubiese sido un redactor de a pie; de sobra sabe que estoy siempre al pie del cañón, día tras día en la redacción con un pie en el estribo dispuesto a emprender con buen pie cualquier tarea que ningún otro plumilla querría asumir y, como lo sabe, no me deja sentar pie en el suelo y así pasa, que a estas alturas no me llega el pie.
Por más vueltas que le doy, no dejo de pensar que no tiene ni pies ni cabeza su postura y que alguien debería pararle los pies inmediatamente o, de lo contrario, tendré que poner pies en polvorosa antes de que me tengan que sacar con los pies por delante.
Creí que sabía de que pie cojeaba hasta que una mañana, sin venir a cuento, al finalizar el comité de redacción me dijo: estás con un pie en la calle y cerró la puerta por fuera con un portazo que aún retumba. Es evidente que ha sacado los pies del tiesto pero también es cierto que, entre tanto, yo tengo un pie dentro y otro fuera y, ni por esas pienso besarle los pies porque es la típica persona a quien le das el pie y se toma la mano.
Siempre me he considerado un redactor íntegro, de los pies a la cabeza, con una maestría en la profesión más vieja que el andar a pie y no pienso consentir que un niñato al que le echo el pie en cualquier materia y cuyo único mérito ha sido nacer de pie venga a buscarle tres pies al gato para decirme como debo escribir, por mucho que todos los becarios recién llegados se le echen a los pies. Por eso lo he decidido, no pienso andar con pies de plomo a expensas de su voluntad, seguiré a pie de obra por mi propio pie y si el asunto se pone feo, en cuanto me de pie, levantaré la cabeza y contestaré: pies ¿para qué os quiero?
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lunes, marzo 03, 2008
Cuando leo me entran ganas de escribir,
cuando miro, de captar,
cuando escucho, de cantar.
No puedo adivinar ni prometer pero algo está brotando y no es la primavera.
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jueves, enero 24, 2008
Hoy, por fin, me siento libre. Puedo ser el mendigo que ignoro en el metro o el banquero que me roba el salario. Puedo convertirme en el pirata errante que siempre quise o envidiar al que cuenta las horas sentado en un banco al sol.
Mis manos pueden saludar al público que aclama o confundirme entre la masa para aplaudir al ídolo. Nada me impide suspirar como amante o rendirme amado. Policía, limpiador, bombero, bailarina, torero, médico o astronauta. Sí, soy libre para elegir personaje e inventarme su vida, imaginar sus percances o soñar sus ventajas. Por fin puedo dejar de desear y sentir bajo mi piel los mismos escalofríos que cualquier otro. Y si entre todos esos personajes no encontrase al deseado, también podría ponerme la piel de uno nuevo que reuniese lo mejor y lo peor de todos ellos. Sí, hoy por fin, me siento libre: tengo delante un papel en blanco.
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viernes, enero 19, 2007
A través de los siglos,
por la nada del mundo,
yo, sin sueño, buscándote.(...)
¡Paraíso perdido!
Perdido por buscarte,
yo, sin luz para siempre.
Paraíso perdido. Rafael Alberti. Sobre los Ángeles.
Huían los habitantes al finalizar un mes veraniego y yo me sentía solo y perdido en una ciudad extraña, con más palabras que dicha y más ilusión que presente. Han pasado cuarenta y dos meses desde entonces y sigo sin reconocerme entre el asfalto y buscando tras las esquinas pero el ansia y la angustia de aquel agosto desierto se han esfumado entre besos y abrazos. Como las palabras. No sé si encontré el Paraíso perdido por el poeta o quizá, confundido con el hayazgo, me encuentre más perdido que antes y sin edén pero la realidad no es lo que vemos sino lo que creemos y al aFERrarme a una nueva realidad doy por perdida la anterior utopía.
Por eso debo despedirme. Quizá regrese mañana o tal vez nunca. Pero aunque no venga por aquí nada más que de visita, como se regresa al colegio donde se estudió el parvulario, no descanso. Si quieres encontrarme, ya sabes donde estoy: vivo en uno u otro escenario y mis ojos inquietos te mostrarán donde busco, donde me pierdo.
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